En el gran bosque de desaciertos y de engaños, de insuficiencias y espejismos por el que discurrimos, la única posibilidad de que la verdad se vaya desbrozando un camino es el ejercicio de la crítica racional y sistemática a todo lo que es – o simula ser- conocimiento”.
Mario Vargas Llosa (en “La llamada de la Tribu”)

Mucha gente trabaja con reconocido suceso mejorando los rasgos de crecimiento y calidad de carcasa de la hacienda. Muchísimos cabañeros utilizan en sus programas de mejoramiento animal a los DEPs como herramienta de selección. Están publicadas las tendencias genéticas en esos rasgos a los que se les ha puesto foco que muestran que los pesos de los bovinos de carne son cada más elevados, el área de ojo de bife es cada vez mayor; en alguna raza, el potencial de producción de leche es cada vez más alto. Las estimaciones de mérito genético tienen la virtud de proporcionar confianza a los cabañeros y a los técnicos, algunos de los cuales han tenido el ingenio de pergeñar una frase en la que escudan su acción y también su recomendación: “Sin DEPs no hay toro”, dicen.
Sin embargo, son muy pocos aquellos que se han planteado el valor del cambio genético que trajo aparejado el uso de los DEPs para la cría pastoril, o han estudiado las posibles respuestas indirectas de la selección por los rasgos estimados a través de los DEPs en los sistemas criadores. Muchos son los que critican el llamado New Type, -los animales “patones”-, pero pocos los que son conscientes que, nuevo o viejo, el tipo de hacienda con que se está trabajando en los campos va cambiando continuamente y tiene cada vez mayores requerimientos nutricionales. Cada año que pasa, los ganados son un poco más grandes.
En este escenario, -que puede ser beneficioso para algún segmento de la cadena cárnica-, es relevante plantearse la situación desde el cerno mismo de los sistemas criadores: ¿quién le está prestando la debida atención, desde la Academia, desde los Institutos de Investigación o desde la Sociedad de Criadores, a los rasgos de verdadera importancia económica en la cría? ¿Qué se está haciendo en genética para ayudar a los criadores a obtener vacas más funcionales? ¿Es útil para la mayoría de los criadores de nuestro país la genética que se identifica como superior y se premia en las exposiciones? ¿Quién está tomando en cuenta que lo que el criador verdaderamente necesita son animales que mejoren la productividad por unidad de superficie, contribuyendo a mejorar sus indicadores económicos en el sistema?
Las interrogantes disparadas en este sentido, no cesan. ¿Qué progresos genéticos genuinos estamos haciendo en nuestras vacas de cría? ¿Qué indicios hay que las vacas, consideradas hoy genéticamente superiores por el statu quo, transforman el pasto natural en terneros más eficientemente que las vacas que se manejaban en los campos hace cuatro o cinco décadas atrás? ¿Ha mejorado la rusticidad y la fertilidad de las vacas? ¿Tienen madurez sexual más temprana? ¿Son más resistentes a enfermedades o más adaptadas a los ambientes pastoriles? ¿Son capaces de permanecer más tiempo productivas en el rodeo? ¿Las vacas modernas destetan terneros mucho más pesados cuando son manejadas en condiciones comerciales? ¿Están las vacas modernas ayudando a mejorar la productividad/hectárea de los sistemas criadores? ¿Los costos nutricionales de manejar estas vacas se mantienen relativamente bajos?
Nadie puede contestar determinadas preguntas y, quizás por ello, algunos intentan descalificar a quienes nos empeñamos en plantearlas. Cuando sostenemos que los DEPs no nos están contando toda la historia para identificar las mejores vacas, o aducimos que hay aspectos absolutamente relevantes definiendo a una genética superior en la cría para las que las estimaciones de mérito genético disponibles en la actualidad no son tan útiles, o cuando advertimos que “el sistema” puede estar induciendo a errores a muchos criadores que deben asumir un lucro cesante por utilizar animales con un alto potencial genético para determinados rasgos que el ambiente de producción se encarga de deprimir, nos han acusado de ignorantes. Mientras que dejamos que nuestra reputación en ese aspecto se defienda por sí misma, pedimos sí a esos circunstanciales interlocutores que, en vez de calificar la idoneidad de quien disiente o asignarle intenciones, se concentren en rebatir los argumentos que se esgrimen.
La presunción de esos “datos objetivos” da por sentado que otros registros reproductivos y funcionales, tomados durante mucho tiempo en el campo en vacas criadas en grupos contemporáneos y en el mismo ambiente en que se manejan los rodeos en el país, usados en programas de mejoramiento genético para la cría alternativos en donde se busca que las madres de los toros sean las vacas más aptas, no lo son.
«¿Cómo sabe en esos programas si se está haciendo progreso genético?», interpelan otros con sutileza descalificatoria, como si la consistencia de altos indicadores reproductivos en los mismos ambientes restrictivos en que se manejan mayoritariamente nuestras vacas, no fuera de por sí un dato objetivo de un ganado adaptado, fértil y funcional. O como si los datos de producción de carne equivalente por hectárea en esos mismos sistemas en los que tenemos en los programas de mejoramiento genético un abordaje más biológico que matemático, no sean una prueba inequívoca que eso sí funciona en el mundo real.
Algunos investigadores han estimado que el 50% de todo el pasto consumido por los ganados en todas las etapas para producir un kilo de carne se destina a satisfacer los requerimientos de mantenimiento de las vacas de cría. Hay cada vez más información que la cantidad de pasto que debe comer una vaca moderada para destetar un kilo de ternero es menor que el que debe consumir una vaca más grande. Hay cada vez más reportes de una mayor productividad por unidad de superficie cuando evitamos manejar vacas grandes en sistemas pastoriles. Hay información publicada en muchas regiones, particularmente de USA, aportando un inquietante dato: a pesar que las tendencias genéticas en peso al destete de las razas mayoritarias aumentan desde hace muchísimas décadas, el peso de los terneros al destete en predios comerciales permanece lastimosamente incambiado desde hace varios lustros. Sin embargo, los costos de mantener una vaca de cría en el campo, particularmente los relacionados a su nutrición, son cada vez más altos en esos predios.
Por todo ello, creemos que debe haber un cambio de paradigma en el concepto de genética superior para la cría. Eso supone, primero, un sinceramiento de todos los actores, junto con el reconocimiento de la existencia de rasgos antagónicos: las supuestas mejoras en algunos caracteres buscados en las invernadas intensivas, lleva a un deterioro en otros caracteres que son muy relevantes en la cría. No significa ir tozudamente en contra de los DEPs ni de la ciencia que hay detrás de ellos; pretende, más bien, reconocer que lo que la ciencia rompe en múltiples partes no alcanza, ni por asomo, a describir el todo de una función compleja.
Así, el paradigma, lo que sirve de modelo o patrón, en este caso en los objetivos y criterios de selección, debe cambiar para poder obtener vientres auténticamente más funcionales en la tarea de transformar eficientemente el pasto natural en terneros. Después de todo, producir novillos de gran calidad comienza con vacas que sean capaces de producir eficiente y sustentablemente ese tipo de animales en los sistemas criadores de nuestras estancias ganaderas.
Salto, 26 de agosto de 2021
